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“Casas trenzadas”: vivienda, justicia, resistencia y reflexión

Camila Cociña
“Casas trenzadas”: vivienda, justicia, resistencia y reflexión
Camila Cociña

En su libro “Casas trenzadas. Crónicas de vivienda y justicia” (Editorial Bifurcaciones, 2026), la investigadora chilena Camila Cociña teje relatos de campo recogidos en más de quince años de trabajo en cuatro continentes para mostrar que una casa es mucho más que cuatro paredes: es el lugar donde se negocian, reproducen y también resisten las injusticias. Desde Londres, la autora respondió las preguntas del Núcleo Milenio Nuviv.

Camila Cociña es arquitecta de la Pontificia Universidad Católica de Chile, con un máster y un doctorado en Development Planning de University College London (UCL). Su tesis de magíster examinó vivienda y reconstrucción post terremoto de 2010; su doctorado se centró en políticas habitacionales y desigualdad en Chile, con el caso de Bajos de Mena en Puente Alto. Desde 2011 reside en Inglaterra, donde trabajó como investigadora en la Development Planning Unit de UCL y hoy se desempeña como investigadora sénior del International Institute for Environment and Development (IIED), donde co-coordina el trabajo sobre justicia habitacional. A lo largo de su trayectoria ha colaborado con organismos multilaterales, redes internacionales de la sociedad civil, académicos y organizaciones locales en Chile, Brasil, Cuba, Sierra Leona, Nigeria, Tailandia, Myanmar, India y Nepal, entre otros países. Es parte del colectivo Radical Housing Journal y de la Red de Derechos Humanos y Desalojos de Chile. Autora de numerosos artículos académicos e informes internacionales, Casas trenzadas es su primer libro de ensayos.

“El desafío de la vivienda no se trata sólo de un problema de ‘déficit’ y los derechos se construyen de manera permanente, no solo con un visto bueno junto a un listado de ‘vivienda entregada’. El riesgo, si no, es reproducir lo que Pedro Lemebel llamó las bolsas cúbicas y cajoneras humanas que están en la base de la alienación de las periferias urbanas”.

El libro, publicado por Editorial Bifurcaciones y editado por el también arquitecto Tomás Errázuriz, reúne 113 páginas distribuidas en nueve capítulos organizados en tres bloques: Rodeos, Justicias y Retorno. Su escritura mezcla la crónica personal con el ensayo académico y el relato de campo: historias íntimas de mujeres saliendo por puertas traseras, incendios en aldeas de Senegal, canales saneados en Bangkok o comunidades resistiendo desalojos en Lagos conviven con referencias a Paulo Freire, Donna Haraway, bell hooks y Ursula K. Le Guin. El resultado es un libro que propone mirar la casa desde adentro —sus grietas, sus olores, sus silencios— para hablar de justicia social, reparativa, climática y epistémica.


Este libro mezcla experiencias personales, trabajo de campo en varios continentes y debate académico. ¿Cómo nació la necesidad de escribirlo, y por qué en formato de crónicas?

La casa es algo en lo que todas hemos pensado alguna vez. Quienes trabajamos en políticas y prácticas en torno a la vivienda, a veces nos olvidamos de eso: que una casa, al final del día, es un espacio material del que todos dependemos, y con el que cada uno de nosotros puede identificarse. El libro comparte historias que he conocido a través de mi trabajo en los últimos quince años, buscando justamente recordarnos esa cotidianidad. Entrega imágenes y paisajes de casas que todas podemos visualizar para abrir una grieta en nuestra imaginación colectiva que reconozca en la casa un lugar donde se negocian y trenzan las injusticias de manera compleja.

El formato de crónicas permite justamente hablar de temas y desafíos grandes, como la injusticia, sin hacer alarde de grandes conceptos, al utilizar los relatos de personas y comunidades como material para reflexiones más amplias. Las crónicas buscan, en ese sentido, hacer lo que Paz López llama “usar las palabras como materia prima y no como ideas”. El libro nació para darle espacio a esa materia prima y, con ella, reflexionar sobre las condiciones estructurales que limitan la posibilidad de una vida digna. Es, a su vez, un viaje que visita países y culturas muy diversas, que nos permiten reflexionar sobre la experiencia humana de la casa y sus injusticias, aun con formas y paisajes muy distintos.

Propone mirar la casa no como un objeto terminado sino como algo vivo, en permanente transformación. ¿Qué cambia cuando la política de vivienda adopta esa mirada?

La idea de que las casas son procesos ha sido parte fundamental de la discusión viviendista desde los años sesenta, y se materializó en programas como la “operación tiza” o en políticas de vivienda incremental. Reconocer que todas nuestras casas están en constante transformación cobra aún más relevancia en condiciones habitacionales precarias. Para las políticas de hoy, esto implica entender que el desafío de la vivienda no se trata sólo de un problema de “déficit” y que los derechos se construyen de manera permanente, no solo con un visto bueno junto a un listado de “vivienda entregada”. El riesgo, si no, es reproducir lo que Pedro Lemebel llamó las bolsas cúbicas y cajoneras humanas que están en la base de la alienación de las periferias urbanas.

El libro invita, sin embargo, a reconocer que las casas son procesos y también objetos, con huellas materiales que nos dan pistas sobre los procesos más amplios que las determinan. Propone mirar las texturas de las injusticias que se trenzan y toman forma en una casa y, con ellas, los procesos que las mantienen en constante transformación.

El libro conecta la casa con cuatro tipos de justicia: social, reparativa, climática y epistémica. ¿Por qué la vivienda es una puerta de entrada a todas esas discusiones y no solo una necesidad básica?

Macarena García Moggia dice con mucha sensibilidad que lo mínimo que se necesita para que una casa se llame casa son algunas “estructuras mínimas encargadas de cobijarnos y soportar el ruido afectivo de nuestros ajetreos cotidianos”. Esos ajetreos cotidianos están a la base de casi todo lo que hacemos: de nuestra salud y educación, de nuestra capacidad de trabajar y de nuestro desarrollo personal y colectivo. Los movimientos sociales en Brasil, por ejemplo, usan como eslogan la idea de que la vivienda es “la puerta de entrada a todos los otros derechos”. Esto, las personas lo entendemos de manera vivencial.

En el lanzamiento de Casas trenzadas, el 31 de marzo en el Museo Violeta Parra, Ana Sugranyes dijo que el libro tenía una “arquitectura” que seguía una estructura, una forma y una función. Me gustó mucho esa lectura. Y esa estructura está construida en torno a distintos tipos de justicia: el libro habla de justicia social, con relatos de trayectorias de subsistencia, participación y reconocimiento en Antofagasta; de justicia reparativa, con casas que son espacios de discriminaciones y resistencias colectivas en Tailandia y Benín; de justicia climática, con casas atravesadas por ecosistemas que plantean desafíos para construir hogares en un planeta en crisis, desde Sierra Leona e India; y de justicia epistémica, formulando leyendas que actúen como contranarrativas para visualizar futuros alternativos desde Nigeria y Palestina. Juntos, espero, dan cuenta de que no hay justicia posible si otras injusticias continúan, y de que las casas son parte de ese enjambre.

La casa aparece en el libro como un lugar de protección y a la vez de violencia, especialmente para mujeres y diversidades. ¿Cómo se traduce esa ambivalencia en las políticas habitacionales de hoy?

Esta ambivalencia es crucial en la discusión sobre la casa como un problema de género, entendiendo que el hogar es un lugar que alberga tanto espacios de violencia como de refugio contra la violencia, sobre todo para mujeres, niñas y diversidades sexuales. La centralidad de la violencia obliga a repensar la vivienda en relación con la economía de los cuidados. Pero también —más allá de la protección individual— el libro hace un llamado a buscar en las acciones colectivas en torno a la vivienda la posibilidad de construir espacios de placer que contrapongan formas estructurales de violencia. Compartiendo historias de la falta de acceso al agua en Sierra Leona y de organizaciones de colectivos de mujeres en Myanmar, o reflexiones sobre una casa travesti descrita por Camila Sosa Villada, creo que el libro invita a las políticas habitacionales a politizar y colectivizar lo íntimo, la violencia, y la posibilidad del poder colectivo para contrarrestar la política de la carne donde están “las raíces del poder”, como dice Ursula K. Le Guin.

Recoges experiencias de comunidades en Senegal, Tailandia, Sierra Leona, Nigeria, India y América Latina. ¿Qué tienen en común esas historias, y qué le falta reconocer al debate habitacional dominante?

La pregunta sobre el conocimiento invisibilizado es central en el libro. Para mí, este es uno de los grandes desafíos de la discusión de la vivienda en Chile: cómo dejar de pensar en los términos canónicos —déficit, UF, subsidio, DS, segregación— y empezar a construir lenguajes que sean capaces de capturar de manera más honesta las condiciones materiales y sociales que van dando forma al hábitat. Y para empujar esa conversación creo que se necesita salir de las historias que ya conocemos. Tengo que admitir que no es fácil hilar historias íntimas en contextos tan diversos sin caer en simplificaciones u orientalismos un poco burdos, pero me parece que el libro intenta traer esos relatos a la discusión de manera honesta, sin artificios. No es coincidencia que el capítulo sobre “saberes” comience con la historia que más me costó contar: la de un incendio en una aldea de Senegal que mezcla misticismo y escepticismo, precisamente para empujarnos a cuestionar nuestras certezas, conscientes de los riesgos del relativismo. Es un lugar incómodo, pero me parecía que era prácticamente el único espacio desde el que se podía sacar la conversación de esos términos canónicos y acercarse un poco más a aquello que ni siquiera sabemos que no sabemos.

Planteas que no puede haber justicia climática sin justicia habitacional. En el contexto de los megaincendios en Chile, ¿qué significa eso en concreto para quienes viven en campamentos o zonas de riesgo?

Hablar de justicia nos obliga a entender la emergencia climática —que es real y se manifiesta tanto en grandes eventos, como los megaincendios, así como en experiencias cotidianas— como un problema de equidad social y de derechos humanos. Esto requiere identificar quién está cargando con el peso de la crisis actual. Quienes viven en campamentos o en zonas de riesgo, por lo general, no son responsables de esta emergencia, pero sí son quienes pagan sus costos. En todas partes se están avanzando en discusiones y políticas para promover la descarbonización de la industria de la construcción y la incorporación de acciones de mitigación y adaptación al cambio climático en la industria de la vivienda. Pero si este proceso no se hace desde una perspectiva de justicia —lo que generalmente se denomina “transición justa”—, las posibilidades de profundizar aún más las desigualdades son altísimas.

Por eso es importante hacernos preguntas difíciles: si vamos a recuperar inmuebles construidos como una estrategia de descarbonización, ¿cómo aseguramos que cumplan su función social y no sean absorbidos por el mercado? Si vamos a tomarnos en serio las preguntas sobre las áreas de riesgo, ¿cómo avanzamos en metodologías para definir los límites de la adaptación que permitan a las comunidades quedarse en sus terrenos cuando es posible? El libro no entra en definiciones de política pública, pero sí hace un llamado a una lectura más estructural de cómo la construcción de vivienda interactúa con diversos sistemas, como primer paso para abordar la complejidad de esas preguntas.

Chile lleva años con una crisis habitacional, desalojos y una “Ley de usurpaciones” muy cuestionada. En este escenario, ¿qué conversación quiere provocar este libro?

Los desalojos forzosos son una violación grave de los derechos humanos. En Chile hemos tenido un retroceso enorme en los últimos cinco años, al ir normalizando cada vez más —tanto en procesos administrativos como en tribunales— las órdenes de desalojo como el principal mecanismo para la resolución de conflictos en torno a la tierra y la vivienda. Eso es grave y, desde la Red de Derechos Humanos y Desalojos, a la que pertenezco, hemos intentado dar visibilidad y compartir herramientas para cambiar esta situación. A pesar de que el libro no busca ofrecer herramientas concretas de política pública, está fuertemente enraizado en un enfoque de defensa de los derechos humanos y la justicia. Lo que sí ofrece son imaginarios para ir transformando nuestra sensibilidad íntima y colectiva ante lo que significa un desalojo forzoso. En los medios, y en las conversaciones de sobremesa, los tratamos con demasiada liviandad, como si se tratara de disputas por algo banal, no de hogares construidos en procesos largos y complejos. En el último capítulo, el libro habla de un almuerzo en una casa en Quilpué que ya no existe, demolida con violencia legitimada por el Estado y festinada por los medios. Es una historia que, entre otras cosas, nos invita a pensar el “estar en casa” como una posibilidad que se define por distintos grados de inseguridad y crisis, y cuya vulnerabilidad cala en nuestra posibilidad más profunda de levantarnos con certeza día a día. Esas son las conversaciones que me gustaría sostener: aquellas que pongan la dignidad humana en su diversidad al centro.

“Casas trenzadas” cierra con una apuesta por la esperanza y por construir otras narrativas posibles sobre la vivienda. ¿Dónde ves hoy las experiencias más interesantes en ese sentido, en Chile o en el mundo?

Terminé de escribir el libro en 2025, en un contexto global de gran desesperanza, y creo que el mundo se ha vuelto aún más hostil desde entonces. Estamos siendo testigos de niveles de violencia, crueldad e impunidad que se registran en momentos puntuales de la historia. No es fácil encontrar narrativas que den confianza en el futuro en esta coyuntura. Más aún en contextos como el palestino, en que procesos de urbanicidio, domicidio, memoricidio, ecocidio y, por supuesto, genocidio nos dejan sin palabras para nombrar futuros alternativos. Sin embargo, para mí es justamente en aquellas historias de transformación a pequeña escala donde puedo encontrar ventanas de esperanza. La pequeña escala no implica irrelevancia, sino la posibilidad de “crear momentos que suspendan el escepticismo”, como dice un colega en Nigeria a quien cito. He encontrado en el trabajo organizado —por lo general, de mujeres— que, viviendo en condiciones precarias y en sistemas de violencia, están avanzando en maneras colectivas de ejercer sus derechos sin pedir permiso y, de alguna forma, expandiendo el poder de “los comunes”.

Algunos ejemplos: el proceso de radicación del macrocampamento Los Arenales en Antofagasta; grupos de autogestión de vivienda y ocupaciones de edificios centrales en São Paulo; cooperativas de mujeres en lugares tan distantes como Katmandú, Bangkok o Montevideo. No se trata de romantizar estas experiencias, sino de aprender que, aun en condiciones estructurales de desigualdad, es posible encontrar esperanza al denunciar las injusticias y hacer visibles sus resistencias. O, como dice Annie Ernaux, de “dignificar un modo de vida considerado inferior y denunciar la alienación que conlleva” porque “me gusta decir felicidad y alienación a la vez”.


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